El Prócer, la huerta y El Sauce.

Acompáñanos a conocer las grandes relaciones que surgen de la tierra junto al deslumbrante embalse.

Desde El Sauce y de la mano de José, de los brazos de Richard y sus pedidos personalizados. Descubrí, cómo nosotros, lo vital que es un emprendimiento que trata la tierra con consciencia y responsabilidad.

El pasado Jueves 7 de junio Caí se embarcó en un viaje de dimensiones épicas, cómo tripulante en un -marca de auto y modelo- que recorre todas la semanas el circuito de Atlántida, Sauce rural, y centro de Montevideo para distribuir canastas orgánicas personalizadas. Nosotros lo conocemos desde lo local, porque nos visitan a diario, pero un Sábado hace 7 semanas (antes de este viaje a Sauce) fue el primer contacto.

En la esquina de Guayabos y Tacuarembó, frente a una casona aparentemente abandonada qué además de su buen porte ostentaba un collage de afiches multicolores en la fachada, A y R descienden del vehículo.

Richard- Hola, ¿Cómo andan? ¿Es este el centro Cultural Caí? Porque vimos en las redes su campaña de socios fundadores.

Sin más tomó una caja de verduras y lo invitamos a entrar… Mientras Analía nos contaba de los talleres de trabajo que prestaba cómo servicio a población de la tercera edad en Atlántida, R se dispuso a presentar las más variadas especies de frutas y verduras en el mostrador de madera que solía dispensar videos antiguamente.

Un emprendimiento de frutas y verduras orgánicas surge desde la relación de 2 parejas amigas –las de Analía y Richard, junto a Andrea y José. Desde hace un tiempo que A y R ingresan conscientemente al paradigma del consumo orgánico. Justamente es una decisión familiar, y es así cómo Andrea y José ingresan al relato –cómo productores rurales de una parcela de 3 o 4 hectáreas subarrendadas con un objetivo tan firme que se han vuelto nudo de esta historia. El movimiento más grande no son los cientos de kilómetros recorridos semanalmente para distribuir de la mano el producto en Atlántida o Montevideo, ni el cambio del contrato para extender la producción al doble de hectáreas, ni el viaje de su mismísimo tripulante reportero. El movimiento más grande es el que está por suceder, más allá de lo pre simbólico, en el campo de lo real, dónde planta El Prócer y cosecha sólo a pedido.

Richard- Hace ya un par de años que somos vendedores de la huerta.

Oportunamente lúcido, Richard el capitán de la nave, le pone palabras a aquella conversación y nos regala una frase célebre digna de racconto.

Richard- Sólo se puede desarrollar la producción visualizando quién la quiere a futuro, que tenga un destino y que sea aprovechable; plantar y cosechar a pedido para que no haya desperdicio. El trabajo comunitario, cooperativo y en red sostiene interacciones comerciales significativas y su certificación agroecológica –cómo es el caso del micro emprendimiento “El Prócer”- facilita la oportunidad circular de ser inversor en la cadena productiva. Parece ser que emprender la producción o distribución responsable, es tan importante cómo ser un consumidor consciente del impacto de su alimentación. No se trata de cambiar el mundo sino de acceder a él desde una visión y escala humana, dónde la relación social ocupa nuestra mente y sana nuestro cuerpo.